Mujeres artesanas: naturaleza, técnica y pasión.

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Cada pieza elaborada a mano, conserva las huellas de una tradición que se ha compartido de madres a hijas, de suegras a nueras, de vecina a vecina. Entre mujeres, la artesanía se crea en comunidad.

 

Las mariposas plasmadas en un textil de Chiapas, una flor pintada sobre tallas de madera de Oaxaca, o la tierra que palpita en una olla de barro de Puebla: cada pieza hecha a mano en México tiene vida y alma propia: están conectadas con la naturaleza. 

Las artesanías guardan historias de mujeres que reconocen la importancia de su trabajo como un medio para generar ingresos y proveer a sus familia, pero también como una manera de expresarse y conservar las tradiciones de sus antepasados.

 

Así lo viven Rosa Pérez y un grupo de mujeres que conocemos en Los Altos de Chiapas, una región del sureste mexicano ubicada entre montañas verdes que roban el aliento, lejos de la urbanización, pero también de otras fuentes de empleo. 

Es costumbre que las mujeres se enseñen las unas a las otras y, aunque no todas aprenden desde pequeñas, dominar la técnica es motivo de satisfacción a cualquier edad.

A sus 15 años Rosa aprendió a trabajar en los telares viendo lo que hacía su mamá. Al igual que la mayoría heredó el conocimiento de las mujeres. Ahora, a sus 48, hace comunidad con otras creadoras para elaborar textiles, inspirada por la naturaleza y especialmente contenta cuando tienen trabajo seguro. “Cuando hay un pedido el grupo se reúne para pensar y platicar cómo lo van a hacer en conjunto para que salga bien”, nos cuenta en tzotzil —lengua hablada en la zona—, con apoyo de una intérprete.

Frente a los textiles hechos a máquina, estas mujeres artesanas tienen claro el valor de sus creaciones, su calidad y originalidad que las hace irrepetibles. 

Guadalupe Hernández, explica que en la elaboración de los bolsos, servilletas, blusas y otras piezas pueden invertir desde ocho horas al día, hasta meses de trabajo, dependiendo de la complejidad de los diseños, los cuales han ido evolucionando de acuerdo con los nuevos materiales disponibles y el gusto de los clientes

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Vivir de la tierra

 

En Los Reyes Metzontla, comunidad situada a unas tres horas al sur de la capital de Puebla, Pascuala Valderas y sus familia han vivido de la tierra por generaciones. Al igual que muchas otras personas en este pueblo, aprendió a trabajar el barro con su mamá y ahora comparte con su hija y sus nietos el arte de crear floreros, jarras, ollas y otras piezas de loza.

Pascuala y su familia, trabajan el barro no solo como una forma de seguir conectados con la tradición de sus antepasados, sino que es su principal medio para subsistir. “De aquí sacamos todo: para comer, para vestirnos, a veces hasta para ir al médico”, nos explica en su taller, “somos las que sostenemos a nuestra familia por medio de este trabajo”.

 

Para formar una pieza Pascuala invierte varios días, pues todo lo trabaja a mano. Extrae el barro del cerro, y luego lo trabaja guiada por lo que dicta su imaginación. 

Para las artesanas de Los Reyes Metzontla, el trabajo que realizan de la mano de la naturaleza, que les provee materia prima e inspiración, es también motivo de muchas satisfacciones. “Nuestro barro no tiene plomo, no tiene esmalte. Le pueden dar el uso que el cliente decida, sin la necesidad de que piense que le va a hacer daño, porque es un barro natural”, nos cuenta Verónica Díaz Pacheco, quien comenzó a moldear con sus padres desde los ocho años. 

 

 

A sus 41, Verónica valora más que nunca su labor, la cual, además de poner en el mapa a su comunidad, le permite obtener ingresos sin tener que salir de casa y estar lejos de su familia.

“Muchos ya no lo trabajan, porque es muy complicado, pero para mí es importante que se conserve … me hace sentir orgullosa que es un trabajo cien por ciento natural, que se ha conservado desde hace muchos años”.

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Mantener el legado

La relevancia de las creadoras en Oaxaca, uno de los más diversos en técnicas artesanales en México, es innegable: de los 5 mil 244 artesanos registrados actualmente en el Instituto Oaxaqueño de las Artesanías, 75 por ciento son mujeres.  

“Luchan por sobresalir todos los días. No solo en nuestra comunidad, sino en varias partes del estado, siempre escuchamos de mujeres exitosas. Para mí una mujer oaxaqueña es ejemplo de fuerza”, opina Frida Samara Ortega, estudiante y artesana que comparte con su familia la tradición de crear fantásticas tallas de madera y a quien conocemos en San Martín Tilcajete, Oaxaca.

Al enseñar a sus hijos e hijas, las mujeres artesanas son clave para mantener vivo el conocimiento y tejer la identidad local.

Adelaida Cruz pintando un alebrije

“Los niños, cuando comienzan a pintar, no hacen grecas, hacen animalitos o flores, las cosas que están en su entorno. Cuando crecen, dibujan patrones que están en las flores, o el árbol. Es tu vida lo que se transmite en las piezas”, cuenta Frida.

Nadia Clímaco Ortega, directora del Instituto Oaxaqueño de las Artesanías.

 

Nadia Clímaco Ortega, directora del Instituto Oaxaqueño de las Artesanías explica que – aún mucho antes de la pandemia que ha afectado seriamente a los artesanos junto con otros miembros del sector turístico –  las nuevas generaciones buscan mejores oportunidades en otros ámbitos o fuera de sus comunidades. 

En este contexto, asegura que el instituto busca crear opciones a través de alternativas como la venta en plataformas digitales con especial énfasis en el comercio justo: “Lo que estamos haciendo con la promoción de las piezas artesanales, con dignificar el trabajo de los artesanos es precisamente eso: que se sientan orgullosos de lo que están haciendo, se sientan orgullosos de ser artesanos y que obviamente se refleje en un mejor nivel de vida, en un bienestar”.

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